FILM STILLS

Dibujo. Relato. Escena. Martín Sichetti.

Dibujos close-up. Planos que sugieren pero no cuentan. Líneas sobre la pantalla de los filmes amados. ¿Qué dibuja Martín Sichetti cuando elige ese recorte que sólo un cinéfilo –y aún más, un amante del cine de Hitchcock– puede identificar? Porque de eso se trata, también, en la espesura real de lo dibujado: identificarnos, identificarlo. Esa película –esa levedad de lo a medias conocido– que atisba un mundo. Una escena vislumbrada, un elemento cargado de significaciones y de sustancia.

Así, recorremos las piezas que Martín dibuja, con una sonrisa, la que a veces esbozamos cuando volvemos a los filmes clásicos, y vemos una vez más y otra, hasta que el drama se torna otra cosa, y todo retorna, resignificado: dibujo, relato, escena. En esa sinécdoque está el mundo todo. El mundo particular del artista; pura función privada.

Uno de los últimos libros de John Berger está dedicado, de cierta manera, al dibujo, a sus propios dibujos, esbozados en libretas, a los que acompañan las reflexiones que Baruch de Spinoza desplegó en las propias. Entre relatos encantadores y reflexiones por demás alentadoras para cualquier artista, leemos: “Existe un deseo simbólico de acercarse cada vez más, de entrar en el ser de lo que está siendo dibujado, y, simultáneamente, existe el conocimiento previo de la distancia inmanente. Esos dibujos aspiran a ser las dos cosas, una cita secreta y un adiós. Alternativamente y ad infinitum”, así, los dibujos son una cita, una evocación universal y particular. Y un adiós, como es el cine, siempre. Un ramalazo de tiempo, sin principio ni final.

Miro un cuervo, miro todos los cuervos en un blanco paisaje canadiense. El que está más cerca nuestro picotea la nieve. ¿De eso se alimentan? Miro el cuervo con su trazo y su marco. No puedo dejar de pensar que entre aquel que veíamos en Jaspers y éste, está el mismo pánico: The Birds, siempre Hitchcock.

En un brillante texto sobre el cineasta, un colega luminoso como Éric Rohmer, sospecha de la verosimilitud en ciertos filmes (las brumas de Vértigo, por ejemplo), pero eso no decanta en un sospechable realismo, todo lo contrario. De esos detalles parece nutrirse el ojo atento que elige lo que elige dibujar.

Cuando escribí sobre la performance y el video en el conjunto de la obra de MS decía, con una puntada teórica algo descentrada: “Si el universo de la blonda [Marilyn Monroe, obviamente] y el maestro del relato [Alfred Hitchcock] se funden como Obra en el biografema posible de Martín es porque ha suscripto con fidelidad a un universo que le es afín, que lo enamora.” Esa puede ser también su vía de ingreso, su pantalla. Suspensa construye, a fuerza de gestos amorosos, la vida de artista que Martín elige mostrarnos. Pura función privada.

Juan Fernando García, abril-mayo, 2014.