


























Detour. Llaves, máscaras y cicatrices.
El cine negro es el corazón de Film Fatale. A través de un extenso cuerpo de películas que orbitan en el universo noir, Martín Sichetti crea un mundo habitado por personajes desesperados, heridos, al borde del crimen; cada imagen revela el momento de quiebre, y es irreversible. El cine negro no podría definirse como un género, más bien es un espíritu de habla lacónica que se despide siempre con la mejor frase: “Alright Mr.Demille, I’m ready for my closeup.”, “Todo el mundo es el tonto de alguien”. El alma noir es cierta atmósfera que posee a las mujeres que desean deshacerse de sus esposos; los delitos instigados por el rencor – el resentimiento por la pérdida de la juventud es una energía poderosa – ; el pasado volviendo como un fuego que estraga todo. El destino es generalmente infausto y se revela cuando el amor, la última promesa de redención, resulta una trampa artera o el plan de dar el gran golpe y empezar de nuevo, en otro lugar, con otra identidad, fracasa. A veces un derrumbe semejante puede causar una tímida sonrisa, por ejemplo la que llega con las últimas palabras de James Cagney antes de la explosión en White Heat: Made it to the top of the world, Ma!.
El ánimo de Film Fatale, por momentos, coincide con la observación que Joyce Carol Oates hace de Marilyn Monroe en Blonde: “la Actriz Rubia se había convertido en una escéptica. Una persona escéptica es una persona melancólica. Una persona melancólica provoca hilaridad”. Comicidad sombría es la que causa la tarjeta rota 1091 Rue La fleur, la dirección de la mansión donde Lisle “SIEMPREVIVA” Von Rhuman administra con recelo su poción mágica de la juventud eterna. También el cigarrillo apagado en un frasco de crema, y los gestos de la vampiresa que lo aplasta.
La teoría sobre el film noir señala su raíz en el cine expresionista alemán, al servirse de violentos contrastes de luces y sombras, la noche como escenario narrativo y la centralidad de los conflictos de índole sexual, representados como una fuerza arcaica, devastadora e inmanejable. Es posible que Film Fatale, con su monopolio absoluto del blanconegro y un pathos concentrado en rostros y manos opere, efectivamente, en el dominio expresionista; también afín a él es este mundo gobernado por la desmesura. Martín elige cuidadosamente otro tiempo, situado a mediados del siglo XX, para narrar una historia sobre las pasiones que implican en partes iguales fulgor y decadencia.
Florencia Qualina, marzo 2019.
Detour. Hidden Keys, Masks, and Scars
At the core of Film Fatale is film noir. On the basis of a large body of films that revolves around the noir universe, Martín Sichetti creates a world inhabited by desperate, wounded characters on the verge of committing a crime; each image reveals a moment of rupture from which there is no turning back. Film noir is less a genre than a spirit of laconic speech that always knows just what to say at the end: “All right, Mr. Demille, I’m ready for my close-up”; “Everybody’s somebody’s fool.” The noir soul is the air of women who want to get rid of their husbands; crimes of rancor—resentment at lost youth is a powerful energy; the past returning like a fire that ravishes everything in its path. Fate—usually tragic—is revealed when love, the final promise of redemption, turns out to be a wily trap, or the plan to make a final go of it and start anew someplace else with a different identity fails. Sometimes a fall of that proportion can occasion a grin, like the one on James Cagney’s face before the explosion in White Heat when he says, “Made it to the top of the world, Ma!”
The spirit of Film Fatale is, at times, akin to Joyce Carol Oates’s observation of Marilyn Monroe in Blonde: “The Blond Actress had become skeptical. To be skeptical is to be melancholy. To be melancholy is to be publicly funny.” The torn card that reads 1091 Rue La fleur—the address of the mansion where Lisle “SIEMPREVIVA” Von Rhuman administers, with askance, her magic potion that gives eternal youth—leads only to gloomy comicalness. And the burnt-out cigarette in a cleansing cream, and the gestures of the vamp that puts it out.
Film noir theory points out that its roots lie in expressionist German film: stark contrasts of light and shadow, night as narrative setting, and fraught sexual struggle represented as an ancient and mysterious forces as devastating as it is uncontrollable. Film Fatale—with images in black and white, and only black and white, and a pathos centered on faces and hands—may also operate in the expressionist domain; it too partakes of a world governed by excess. Martín deliberately chooses another time, the mid-twentieth century, to tell a story of passions that imply brilliance and decay in equal measure.
Florencia Qualina, marzo 2019.
English version: Jane Brodie